¿Y si el voto del sur no fuera ideológico, sino una respuesta al abandono?

Cada elección ocurre lo mismo. Lima mira el mapa electoral y se pregunta por qué el sur vuelve a votar distinto. La explicación suele buscarse en la ideología, en los candidatos o en las campañas. Sin embargo, tras cuatro elecciones consecutivas en las que Keiko Fujimori ha representado una opción asociada a la continuidad del modelo económico, una pregunta sigue abierta: ¿y si el voto del sur respondiera menos a una posición ideológica y más a una sensación persistente de abandono?
Los datos del Índice de Progreso Social (IPS), desarrollado por Social Progress Imperative y aplicado a nivel regional en el Perú por Centrum PUCP, ofrecen algunas pistas. Cusco ocupa el puesto 21 de 26 regiones evaluadas, con un puntaje de apenas 56 puntos sobre 100. Puno se ubica en el último lugar del ranking nacional con 52,2 puntos, mientras que regiones como Ayacucho, Apurímac y Huancavelica, pese a mostrar avances recientes, continúan enfrentando importantes brechas de desarrollo. La conclusión no es fácil de ignorar: buena parte del sur sigue lejos de experimentar un progreso social acorde con su aporte económico y estratégico al país.
El caso de Cusco resulta particularmente revelador. La región es una de las principales vitrinas del Perú ante el mundo; concentra actividad minera, turística y cultural de primer nivel, pero registra uno de los peores desempeños nacionales en materia de Seguridad Personal. Este indicador cayó de 42,3 a 34,8 puntos en un solo año, ubicándose entre los más bajos del país. También retrocedieron los indicadores vinculados a la nutrición, la salud y el acceso a las telecomunicaciones. Mientras un indicador mejora, la experiencia cotidiana de muchos ciudadanos parece decir lo contrario. Esa es la paradoja: las cifras avanzan más rápido que la calidad de vida.
Lo más interesante es que el problema no parece deberse a la falta de potencial. De hecho, Cusco mejoró significativamente en oportunidades, inclusión y acceso a la educación superior. El propio IPS muestra que la dimensión de Oportunidades creció en 7,9 puntos en un año. Pero cuando las necesidades básicas se deterioran simultáneamente, el progreso deja de percibirse como una realidad tangible y se convierte en una promesa pendiente.
Quizás ahí se encuentra una de las claves para entender el comportamiento electoral del sur. Cuando una región siente que aporta al crecimiento nacional, pero no recibe el mismo nivel de bienestar, seguridad y oportunidades, el voto deja de ser únicamente una discusión entre izquierda y derecha. Se convierte en una herramienta para expresar frustración, demanda de atención y expectativas insatisfechas. No necesariamente es un voto ideológico. Muchas veces es un voto que busca ser escuchado.
Después de años trabajando con empresas, comunidades y gobiernos regionales y locales, hay una constante: las personas rara vez votan en contra de algo. La mayoría de las veces votan por aquello que sienten que les falta. Tal vez la pregunta no debería ser por qué el sur vota diferente. Tal vez la pregunta sea por qué seguimos sorprendiéndonos de que lo haga. Mientras las brechas entre el crecimiento económico y el progreso social continúen abiertas, el mapa electoral seguirá reflejando algo más profundo que una preferencia política: la distancia entre el Perú que crece y el Perú que todavía espera.