La salud integral de la mujer en el Perú: una deuda pendiente con el progreso social

La salud integral de las mujeres en el Perú continúa siendo uno de los principales desafíos para el desarrollo social del país. Según el Ministerio de Salud (MINSA), entre las enfermedades que más afectan a las mujeres peruanas destacan el cáncer de mama, el cáncer de cuello uterino, las enfermedades cardiovasculares, la depresión y la anemia. El cáncer de mama es actualmente la principal causa de muerte por cáncer en mujeres peruanas, con más de 7,000 nuevos casos detectados cada año, mientras que el cáncer de cuello uterino sigue siendo una de las principales causas de muerte femenina en regiones vulnerables debido a las brechas en prevención y diagnóstico temprano. A ello se suma que las enfermedades cardiovasculares representan aproximadamente el 30% de las muertes femeninas en el país, muchas veces invisibilizadas por asociarse erróneamente como un problema predominantemente masculino.
Las desigualdades geográficas y socioeconómicas profundizan aún más esta problemática. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), las mujeres de zonas rurales presentan mayores niveles de anemia, menor acceso a controles preventivos y mayores barreras para acceder a servicios especializados de salud mental y ginecológica. Por ejemplo, en algunas regiones andinas y amazónicas, menos del 60% de mujeres accede regularmente a exámenes preventivos contra el cáncer. Asimismo, el embarazo adolescente continúa siendo una preocupación importante en sectores vulnerables, limitando oportunidades educativas y económicas para miles de jóvenes peruanas.
La salud integral de la mujer no puede entenderse únicamente desde una perspectiva médica. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido que los trastornos de ansiedad y depresión afectan de manera desproporcionada a las mujeres, especialmente en contextos marcados por violencia, pobreza y sobrecarga de cuidados. En un país como el Perú, donde miles de mujeres enfrentan diariamente situaciones de violencia, discriminación, inseguridad y desigualdad, hablar de salud implica necesariamente abordar también el bienestar emocional, la estabilidad psicológica, la autonomía y la calidad de vida de las mujeres.
Las cifras en el Perú reflejan una realidad alarmante. Según la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (ENDES) 2024, más del 52% de las mujeres peruanas entre 15 y 49 años ha sufrido algún tipo de violencia física, psicológica, sexual o económica por parte de su pareja. Asimismo, el 48.9% reportó haber sufrido violencia psicológica. Estas cifras atraviesan todos los niveles socioeconómicos, edades y regiones del país, aunque las mujeres en situación de pobreza, dependencia económica o menor acceso educativo suelen enfrentar niveles aún mayores de vulnerabilidad. Detrás de estos números existen mujeres que viven con ansiedad, estrés crónico, depresión, agotamiento emocional y miedo constante. Muchas de ellas son madres, cuidadoras y principales sostenes emocionales y económicos de sus hogares, por lo que el deterioro de su salud mental termina impactando directamente en sus hijos, familias y comunidades. El impacto social y económico de esta problemática es enorme: pérdida de productividad, incremento del gasto público en salud y justicia, deterioro del tejido social y perpetuación de ciclos de violencia intergeneracional.
Por lo tanto, hablar de la salud integral de la mujer no depende únicamente del sistema sanitario. También está relacionada con el acceso a educación, oportunidades laborales, seguridad ciudadana, corresponsabilidad familiar y una transformación cultural profunda. En el Perú, millones de mujeres son hoy cabeza de hogar, emprendedoras, trabajadoras independientes y motor económico de sus familias. Muchas sostienen simultáneamente responsabilidades laborales, domésticas y de cuidado no remunerado, lo que incrementa significativamente el agotamiento físico y mental. Aun así, el país continúa normalizando discursos y prácticas machistas que invisibilizan esta sobrecarga estructural.
Frente a esta realidad, el Estado peruano ha impulsado diversas iniciativas para fortalecer la salud física y mental de las mujeres, entre ellas campañas de vacunación contra el Virus del Papiloma Humano (VPH), programas de prevención de cáncer, estrategias de lucha contra la anemia, la expansión de los Centros de Salud Mental Comunitaria (CSMC) y los servicios de atención integral brindados por los Centros de Emergencia Mujer (CEM). Como parte de la reforma de salud mental impulsada por el Ministerio de Salud (MINSA), el país pasó de tener apenas 22 centros especializados en salud mental en 2015 a más de 280 hacia 2025, mientras que el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) atendió más de 170 mil casos de violencia contra la mujer y el entorno familiar solo en 2024. Sin embargo, pese a estos avances, especialistas coinciden en que los esfuerzos siguen siendo insuficientes frente a la magnitud del problema, debido a limitaciones presupuestales, brechas de infraestructura, escasez de especialistas y profundas desigualdades territoriales.
En ese contexto, el concepto de desarrollo humano adquiere una dimensión mucho más profunda que el simple crecimiento económico. Precisamente por ello, herramientas como el Índice de Progreso Social (IPS) resultan tan relevantes, ya que nos recuerda que el verdadero desarrollo de una nación no puede medirse únicamente por su crecimiento económico, sino también por la capacidad de las personas de vivir con dignidad, bienestar y oportunidades reales. En ese sentido, la situación de las mujeres peruanas constituye uno de los indicadores más sensibles del nivel de progreso del país. No puede existir verdadero desarrollo mientras millones de mujeres continúen viviendo bajo contextos de violencia, precariedad emocional e inseguridad permanente.
Hablar de salud integral femenina en el Perú implica entonces reconocer que el bienestar de las mujeres es un asunto central para el desarrollo sostenible del país. Invertir en salud mental, prevención de violencia, autonomía económica y acceso equitativo a servicios de salud no es únicamente una política social: es una condición indispensable para construir una sociedad más saludable, productiva y humana. Un país que protege a sus mujeres no solo mejora sus indicadores sociales; también fortalece su futuro.